El páramo
- Alejandro Juárez
- 9 sept 2017
- 2 Min. de lectura

Los zarcillos blancos se enredaron en sus tobillos con una caricia húmeda y fría: largos dedos muertos, ansiosos por arrancarle un poco de calor humano. Todo lo envolvía un aliento albo, revoloteante, un inmenso paño mortuorio que cubría la tierra sin posibilidad de escape.
Sus piernas temblaron por el cansancio y la sensación de no tener rumbo al cual dirigirse. No lograba ver más allá de unos pocos metros. No existía cielo ni horizonte, confundido todo en una densa masa color de hueso. Sólo estaban la niebla y el sonido titubeante de sus pasos. Al menos el suelo estaba ahí, aunque no pudiera mirarlo bajo la capa de remolinos blancos.
No recordaba cómo había llegado a ese lugar, carente de todo punto de referencia, con su cuerpo bañado por el toque frío que parecía cubrirlo con gélido deseo. Un sonido llegó hasta él y lo estremeció. Aguzó el oído tratando de identificar su origen y dirección; tras unos instantes reconoció la cadencia de unas pisadas que parecían seguirlo.
El miedo lo acometió como una mano malévola y regordeta. Echó a correr, dando trompicones sobre la irregular e invisible superficie. Se detuvo hasta que los pulmones parecieron reventar, carbones atizados en la fragua de su desesperación. Por unos instantes sólo pudo escuchar los tumbos de su corazón acelerado. Luego, el inconfundible golpeteo de unas piernas lanzadas a la carrera lo asaltó en todo su terror. Como pudo volvió a escapar, sin sentido ni dirección, manoteando inútilmente la espesa pasta blanca que lo envolvía-devoraba-absorbía como una amiba.
Entre la nada apareció una silueta, débil pero reconocible: un árbol delgado y triste, hundido en la marea neblinosa como el despojo de un naufragio. Con la sangre rugiendo como olas en sus sienes se estiró para alcanzarlo, los músculos de sus brazos y pantorrillas ateridos por el esfuerzo. Sus dedos se cerraron sobre el breve tronco. Intentó apretar, aferrarse a la pobre solidez que representaba. Fue inútil. Resbaló hasta terminar de rodillas mientras un zumbido horrendo taladraba su entendimiento.
Soltó su agarre (débil ya, tembloroso) y observó su palma, en la que sobresalían unas astillas de madera. Las arrancó y breves perlas de sangre se formaron sobre la piel encallecida, casi tan pálida como el manto nácar que amenazaba con ahogarlo. Todo regresó entonces, como un golpe de mar: los rostros, los gestos demudados, las súplicas, los cuerpos masacrados, la carne rota y mancillada. Sus manos rojas.
Un cuerpo susurró al colocarse frente a él. Levantó la vista lentamente, reconociendo las botas, el pantalón deslavado, el cinto de piel, la camisa, los tatuajes de los brazos… El miedo lo aplastó como una anguila, atorando su lengua y quijadas de forma que no pudo gritar cuando reconoció su rostro, la mirada, el cortante filo del espejo.
Publicado en "Reverberaciones, cuentos breves". 2014.
Editorial La Zonámbula. Derechos Reservados.





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